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Bullying: estas actitudes y soluciones no frenarán el acoso escolar

Con motivo del Día Internacional del Acoso Escolar, que se celebra el 2 de mayo, abordamos un problema cada vez más común en las aulas, el bullying. México se posiciona en el primer lugar en número de casos a nivel mundial.

Acoso escolar: 11 actitudes erróneas (y una mala solución) que impiden frenar el bullying

En nuestro país hablamos de cifras llamativas. Al menos el 50% de niños en primaria son víctimas, según la OCDE. En Ciudad de México uno de cada tres niños es víctima de bullyingsiete de cada diez niños en territorio nacional.  Un problema común a muchos países y que sigue aumentando. En España, por ejemplo, 1 de cada 5 niños escolarizados sufre bullying y 8 de cada 10 jóvenes han presenciado en alguna ocasión una situación de acoso escolar.

Pero ¿por qué da la impresión de que no podemos frenar el bullying? ¿Por qué este problema social tan preocupante sigue estando muy presente en la vida cotidiana de tantas familias y tantos colegios?

En una charla impartida por el presidente de la Asociación Española para la Prevención contra el Acoso Escolar (AEPAE), Enrique Pérez-Carrillo, se analizaron la multitud de casos de acoso escolar, bullying, ciberacoso y todo tipo de agresiones entre menores de edad, algunos muy pequeños, producidas en el contexto escolar.

Pérez-Carrillo, periodista y profesor tiene un diagnóstico claro: los protocolos de actuación de los colegios no bastan. Hay que anticiparse al acoso y, sobre todo, evitar errores como estos 11 que describe a continuación, y que se oyen con demasiada frecuencia en casas y escuelas.

¿Cómo solucionar el bullying? 12 pensamientos erróneos

“Son cosas de niños y no pasa nada”

Sí, pasa. Y pueden pasar cosas muy graves, como suicidios de escolares inducidos directamente por una situación de acoso en la escuela. Es cierto que los niños juegan y a veces pueden hacer daño. Recibir una patada en un juego puede ser normal. Jugar a dar patadas a un compañero, no.

Tampoco puede admitirse cualquier forma de maltrato verbal, como los insultos reiterados, o que un niño no sea nunca invitado a un cumpleaños por nadie de su clase.

“Es parte del crecimiento. Los niños pequeños no acosan”.

Los niños pequeños sí acosan. Incluso a edades más tempranas de lo que se piensa. Es perfectamente posible que un niño no sea consciente del daño que hace cuando insulta o pega reiteradamente a un compañero o le quita las chuches. Pero si este niño acosador no es corregido, no lo sabrá nunca, y habrá más probabilidades de que repita ese comportamiento en el futuro con sus padres o su futura pareja.

Para que exista acoso deben cumplirse dos condiciones: que el agresor tenga consciencia de lo que se hace y que tenga intención de hacer daño. Cabe admitir que un niño pequeño que agrede reiteradamente a otro no sepa calibrar la gravedad de sus acciones. Pero no cabe duda de que tiene intención de dañar. El educador debe parar lo último y aprovechar la ocasión para corregir lo primero.

Los padres sobreprotectores deberían acudir como público a un juicio de menores para ver lo que pasa cuando no se corrige a los niños a tiempo.

“El acoso escolar solo pasa con niños tímidos e introvertidos”.

Según el presidente de APAE, no existe un perfil concreto de víctima y de acosado. También la gente extrovertida o con amigos puede sufrir algún tipo de bullying. La víctima de acoso escolar se define por alguno de estos dos rasgos:

a) Tiene una singularidad que le distingue del resto y que se convierte en objeto de agresiones: que es muy listo, poco listo, muy bajo, muy alto, que lleva gafas, que el color de su piel es distinto…

b) Se produce una circunstancia que le pone en el foco: por ejemplo, haber fallado un gol importante en un partido, etc. Una agresión puntual no corregida puede repetirse y alargarse en el tiempo hasta convertirse en acoso.

“No hay que hacer caso al acoso: termina desapareciendo por sí solo”.

Enrique Pérez – Carrillo compara el proceso de acoso con una bola de nieve. Al principio no parece importante, pero si no se para a tiempo se convierte en una mole que aplasta a la gente. Cuanto antes intervenga el educador, mejor.

No puede ampararse en frases como “así es la vida”, “tranquilo, esto pasará con el tiempo”, “si te acosan, no hagas caso” o peor, “pégales tú, defiéndete”.

Hay que lograr que la víctima de bullying no adopte una actitud pasiva o agresiva, sino asertiva: atajar el acoso sin violencia, con las herramientas adecuadas.

Ocho de cada diez padres se ponen de parte de sus hijos cuando el menor es acusado de bullying.

“Si no hay agresiones físicas, no podemos hablar de acoso”.

Insultar a una persona, convertirla en objeto de desprecio social o aislarla del resto de compañeros son gotas que, por acumulación, acaban destrozando la confianza del niño. Está comprobado que el deterioro de la autoestima puede generar estrés postraumático y tendencias suicidas.

Hace años se pensaba que solo se podía hablar de acoso escolar cuando se producía una agresión física. Hoy se sabe, gracias a distintas investigaciones, que las agresiones físicas suponen sólo un 10 % del global de los casos de bullying escolar. A veces las consecuencias psicológicas del acoso pueden ser peores que las físicas.

“Si no pasa muchas veces no es acoso”.

¿Cuánto tiempo es ‘muchas veces’? ¿Cuántas agresiones debe soportar una persona para que la dejen de maltratar? El presidente de la Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar alerta contra algunas opiniones que sostienen que no se puede hablar de acoso hasta que no pasen 6 meses de maltrato continuado. Según el criterio de AEPAE, una agresión puede considerarse algo puntual. Dos agresiones pueden quizá obedecer a una casualidad. Pero un daño que se inflige por tercera vez consecutiva implica una reiteración y una actitud que debe ser tratada.

“El acoso escolar ha existido siempre”.

¿Es razonable permitir que un mal persista, o no combatirlo, por el hecho de que “ha existido desde siempre”? Pérez-Carrillo recuerda que hoy en día, gracias a numerosos informes e investigaciones sociales, se conoce mucho mejor que antes las nefastas consecuencias de no evitar el acoso escolar: depresión, ansiedad, suicidio… Además, los niños tienen cada vez más fácil acceso a escenas de violencia, y están perdiendo el respeto tanto a la figura del profesor como a la del mismo padre o madre. El presidente de APAE recuerda la justificación que le dio un chico de 12 años que maltrataba a su compañero: “Lo hago porque puedo”. Lo que haya sucedido en el pasado con un problema no puede convertirse en referencia de conducta si no ha servido para solucionarlo.

Que un niño no tenga responsabilidad penal no significa que no tenga derecho a ser corregido.

“El colegio ha hecho lo que debía: ha abierto el protocolo”.

Un protocolo contra el acoso es muy útil… si evita que se produzca o si, una vez producido, contribuye a atajarlo. Pero la mera existencia y la aplicación de un protocolo, por sí sola, no soluciona nada. Muchos protocolos contra el bullying son puramente reactivos: “Empiezan a apagar el fuego con un extintor cuando la casa incendiada ya está en ruinas”, explican desde AEPAE. “Los niños son material sensible que debe ser rápidamente protegido”. Cuando, por seguir un protocolo, los educadores se dedican a rellenar formularios, se convierten más en continuidad del problema que en solución del mismo. Por el contrario, los protocolos de prevención del acoso escolar son más eficaces, pues reducen un 50% los casos de bullying en centros educativos.

“Mi hijo no acosa: eso es imposible”.

Nadie se comporta en su casa con la misma naturalidad que en su trabajo. Los niños tampoco. “Los padres no somos conscientes de todo lo que hace nuestro hijo en el centro escolar”, afirma Pérez-Carrillo, quien lamenta el dato de que 8 de cada 10 padres se ponen de parte de su hijo acusado de acoso escolar. Para revertir esta situación, recomienda a los padres sobreprotectores que acudan como público a un juicio de menores, para comprobar con sus propios ojos en lo que se puede convertir un hijo al que no se le ha corregido a tiempo.

En ocasiones, el centro escolar cumple con todos los pasos requeridos para evitar un acoso y son los padres quienes impiden que su hijo reciba un castigo educativo, como llegar una hora antes al colegio o limpiar el aula.

Es fundamental que los padres apoyen las sanciones, no punitivas sino educativas, que se aplican a sus hijos cuando han acosado a un compañero.

Convertir a un niño en objeto de desprecio social o aislarle del resto de compañeros son gotas que destrozan su ánimo.

 “¿Cómo no me he dado cuenta de que mi hijo sufre acoso?”.

Todo acoso arroja unas señales que pueden ser percibidas en el entorno de quien lo sufre, siempre que se preste la atención debida. Los padres deben estar atentos a señales que pueden indicar que algo no marcha bien: el niño tiene miedo, duerme mal, pierde con frecuencia los útiles escolares, llega con arañazos o cicatrices, se levanta con vómitos, mareos o fatiga… A un padre que se sorprende al enterarse de que su hijo sufre acoso, hay que preguntarle: ¿conoces bien a tu hijo?

“No se puede hacer nada contra los acosadores porque no hay sanción penal contra ellos”.

Que un niño no tenga responsabilidad penal no significa que no tenga derecho a ser corregido. Si para reeducarlo hay que castigarlo, debe aplicarse el castigo adecuado para corregir sus errores. El niño que acosa tiene una responsabilidad y debe entender que sus malos comportamientos arrastran consecuencias negativas para él. El presidente de APAE recomienda que los centros educativos gocen de cierto margen de autonomía para sancionar a los niños acosadores sin contar con permiso de los padres. Además, debería dotarse a los colegios de más recursos para medir la incidencia del acoso entre sus alumnos, pues ya hay numerosas herramientas disponibles para ello.

“Ante un acoso escolar, lo mejor es cambiar a la víctima de colegio y expulsar al causante del bullying”.

Ni lo uno ni lo otro. Empezando por el final, la expulsión del colegio como castigo por un acoso puede resultar contraproducente. El niño puede interpretar como un beneficio estupendo el haberse quedado sin clases. No tiene que madrugar y encima, cuando se queda solo en casa, puede disponer de tiempo libre para jugar a lo que le apetezca. De modo que cuando termina el castigo, hay más probabilidades de que repita su actitud de acoso para provocar una nueva expulsión.

Tampoco puede ser, según Pérez-Carrillo, que se ofrezca a los padres de una víctima de acoso el cambio de colegio como única salida.

Los castigos a niños deben ser educativos: entrar una hora antes al colegio, limpiar las aulas o reparar un destrozo ayudan más que una expulsión al alumno acosador y, además, sirve de ejemplo para el resto.

“Hay adolescentes que, al llegar a casa después de una juerga, levantan a sus madres a las cuatro de la mañana para que les haga la cena; o que las amenazan si no les dan dinero para usar el celular. Ahí se llega con 16 años cuando no se toman medidas serias a los 6”, concluye el presidente de AEPAE.

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