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Del prejuicio a la intervención: así enfrenta México los trastornos del neurodesarrollo en el aula

En México, hasta el 8% del alumnado presenta trastornos del neurodesarrollo. En un Foro UNIR, especialistas analizaron cómo detectarlos, evitar errores en el aula y por qué la formación docente sigue siendo el gran reto del sistema educativo.

La realidad del aula ha cambiado. Hoy, entender el comportamiento de un alumno implica mucho más que observar si presta atención o no. En México, cerca del 8% de niñas, niños y adolescentes presenta dificultades asociadas al neurodesarrollo, una cifra que pone en evidencia la urgencia de transformar la respuesta educativa.

Maestría en Neuropsicología y Educación

Ese fue el punto de partida del Foro UNIR, que reunió a expertos como Noemí Yuste, psicóloga especializada en neurodesarrollo; Beatriz González, pedagoga; y Alejandro González, director de la Maestría en Neuropsicología y Educación de UNIR.

El diagnóstico es claro: la diversidad existe, pero el sistema educativo no siempre está preparado para atenderla.

Cinco claves del Foro UNIR

  • El docente no diagnostica, identifica: “El docente debe detectar señales, no hacer diagnósticos clínicos”, explicó Alejandro González.
  • Beatriz González fue contundente: “La falta de adaptación curricular es uno de los mayores errores” en el aula.
  • Los trastornos requieren apoyos y medidas inclusivas”, señaló Noemí Yuste, subrayando la necesidad de intervención temprana.
  • El problema no es el alumno, es el sistema: “No podemos meter a todos en el mismo modelo educativo”, advirtió Beatriz.
  • La coordinación entre escuela, familia y especialistas es clave”, destacó Noemí Yuste como base del éxito educativo.

Un problema más común de lo que parece

Uno de los datos más impactantes del foro es que en un aula promedio de 30 alumnos, entre uno y tres pueden presentar algún trastorno del neurodesarrollo. Además, entre el 5% y el 10% del alumnado podría tener TDAH sin diagnóstico. Esto significa que miles de estudiantes están aprendiendo en condiciones desfavorables sin que el sistema lo detecte a tiempo.

Noemí Yuste explicó que estos trastornos tienen características comunes: son persistentes, afectan áreas clave del desarrollo y requieren una respuesta educativa específica. “No desaparecen, evolucionan con la persona”, señaló.

Entre la detección y el diagnóstico

Beatriz González resumió con claridad porqué está fallando en la práctica educativa: el principal error es tratar a todos los alumnos igual. “Los metemos a todos en el mismo modelo y esperamos el mismo rendimiento”, afirmó. Esta falta de adaptación impide responder a necesidades reales y limita el desarrollo de muchos estudiantes.

Además, advirtió que en México sigue predominando un modelo educativo tradicional, poco flexible y con escasa formación en inclusión.

Un tema clave del foro fue aclarar el rol del docente frente a estos trastornos. Alejandro González hizo una distinción fundamental: el docente no debe diagnosticar, pero sí identificar señales de alerta. “El docente necesita saber qué está pasando, no etiquetar”, explicó. Detectar conductas persistentes o atípicas permite activar protocolos de intervención, pero sin asumir funciones clínicas.

El riesgo de etiquetar demasiado rápido

En el foro también se abordó un problema creciente: la tendencia a etiquetar conductas como trastornos sin suficiente evidencia. Beatriz González advirtió que no todo comportamiento disruptivo responde a un trastorno. “Hay situaciones familiares o emocionales que explican ciertas conductas”, señaló. Por eso, insistió en la importancia de observar la persistencia de los síntomas antes de sacar conclusiones. Este enfoque evita diagnósticos erróneos y permite intervenir de manera más adecuada.

Todos los expertos coincidieron en que la detección temprana es clave. Noemí Yuste destacó que muchos docentes ya realizan adaptaciones sin necesidad de un diagnóstico formal. Cambios en la forma de explicar, uso de apoyos visuales o ajustes en la evaluación pueden marcar la diferencia. “No siempre hace falta un diagnóstico para empezar a ayudar”, afirmó.

Este enfoque práctico permite actuar de inmediato y evitar que las dificultades se agraven. Cuando se analiza el panorama educativo en México, el diagnóstico es preocupante. Beatriz González fue directa: “la educación inclusiva aún no es una realidad en la mayoría de escuelas”. El principal problema es la falta de formación docente. Sin herramientas adecuadas, el profesorado no puede responder a la diversidad del aula. Por eso, insistió en que la prioridad debe ser la capacitación desde la base del sistema educativo.

El papel de la tecnología

Otro punto relevante del foro fue el impacto de la tecnología en estos procesos. Alejandro González explicó que no se puede simplificar el debate en términos de “tecnología buena o mala”. Su efecto depende del uso y del contexto. “Necesitamos analizar cada caso desde la evidencia científica”, señaló.

Por ejemplo, ya existen estudios que muestran diferencias en la atención y comprensión según se lea en papel o en pantalla. Esto abre nuevas preguntas sobre cómo diseñar el aprendizaje en entornos digitales.

La clave: trabajo en red

Si hay un consenso claro en el foro es que la respuesta no puede ser individual. Noemí Yuste insistió en la necesidad de un modelo interdisciplinar donde escuela, familia y especialistas trabajen de forma coordinada. “La comunicación constante es imprescindible”, afirmó. Sin esta colaboración, cualquier intervención pierde eficacia y el alumno queda desprotegido.

El foro dejó claro que el reto no es menor. El sistema educativo debe adaptarse a una realidad más compleja y diversa.

Esto implica formación, cambios metodológicos y, sobre todo, un cambio de mirada. Los trastornos del neurodesarrollo no son excepciones. Son parte de la realidad del aula. Y la pregunta ya no es si el sistema debe cambiar, sino cuánto tiempo puede seguir sin hacerlo.